Celebración del Barsa

 Desde hace muchos años, décadas diría, que no veíamos a un equipo de fútbol jugar con la categoría que lo hizo ayer por la tarde el Barcelona de Messi e Iniesta.

Habría que retroceder al Santos de Pelé o a la gloriosa Hungría de Puskas para encontrar un once tan sutil, preciso y efectivo como el que en el Camp Nou borró de la cancha al Real Madrid batiéndolo por 5 a 0 (que bien pudieron ser 6, 7, 8 o hasta 10 goles, de habérselo apenas propuesto el "dream team" catalán).

Aunque las actuales hinchadas argentinas puedan asombrarse -hinchadas conformadas en el esquema bilardiano de "ganar a cualquier precio"-, el estilo futbolístico enarbolado por el Barcelona fue el que se jugó -con mayor o menor esplendor- en las canchas de nuestro país hace más de medio siglo.

El Mundial de Suecia (1958) con aquel nefasto 1 a 6 frente a los checos produjo la debacle de la que ya jamás nos pudimos reponer.

Dirigentes como Alberto J. Armando en Boca y Antonio Liberti en Ríver, prolijos desconocedores del abc futbolístico pero expertos en materia de negocios (sobre todo los propios) dieron pie al entronizamiento en cada equipo de esos inefables personajes a los que muy pomposamente se llamó, y se sigue llamando, "directores técnicos".  Hombres como Renato Cesarini, Argentino Geronazzo, Osvaldo Zubeldía, Faldutti,  Ignomiriello y tantos, tantos otros (sólo citamos los que nos vienen ahora a la memoria) se fueron trocando poco a poco en las estrellas consulares de cada equipo. Para ello debieron convertir a los jugadores (no pocas veces con el beneplácito de éstos) en meros engranajes de una máquina que ellos dirigían con mano tan dura que hubieran provocado la envidia del mismísimo "ingeniero" Blumberg.

A partir de allí ya no importó el talento del jugador sino "el trabajo de la semana"; la espontaneidad de los "cracks" -cada vez más infrecuentes-, sino el trabajo de "pretemporada" o la salvadora "pelota parada".

Hasta se llegó al extremo de que en el país de Maradona y de Messi -los últimos pequeños gigantes aportados por nuestro pueblo al deporte más popular del país-, los periodistas "expertos" en fútbol reclamaran a gritos que se llamara a la selección a jugadores de elevada estatura, porque con los "bajitos" nos privábamos de ganar con algún cabezazo redentor que después nos permitiera abroquelarnos bajo nuestro propio arco hasta esperar con angustia el pitazo final del árbitro.   

Es así como hoy comprobamos que Racing no es el Racing de Yacob o Gío Moreno, sino el Racing de Russo, su técnico;  así como Independiente es el equipo de Mohammed, Boca el de Pompei y Tigre el de Caruso Lombardi, por no mencionar sino a unas pocas instituciones del fútbol argentino.

Del mismo modo, en cada transmisión televisiva es posible observar el espectáculo -por lo común más interesante que el que tiene lugar en el campo de juego- de ambos entrenadores desgañitándose a orillas de la línea de cal. Desde allí envían perentorias indicaciones a sus dirigidos, sin dejar de mirar con el rabillo del ojo si la cámara de Fútbol para Todos difunde hacia todo el país su desaforado estilo de conducción "técnica" por control remoto. Actuar "pour la gallerie", diríamos finamente; para "la gilada", con mayor nitidez.

El Barcelona de Iniesta y Messi -más que de Guardiola- nos ha vuelto a demostrar que al fútbol lo juegan los jugadores y que, si éstos son talentosos, el tan profesionalizado balompié se convierte en uno de los deportes más hermosos del mundo, un verdadero arte cuando lo practican hombres como los que ayer nos deslumbraron en el verde césped del Camp Nou.

 

Juan Carlos Jara